Ensayo 3 - La hipocresía social


Serie de ensayos. Primera serie. Lo individual y lo social.
Ensayo III.  La hipocresía social.

            Puede haber personas hipócritas y otras que no lo son tanto, en el fuero íntimo a veces puede darse el caso de personas que se mienten a si mismas, es un hecho, y que no se dan cuenta del engaño al que se someten a ellas mismas, sin embargo, el origen natural de la hipocresía radica en el hecho de vivir en sociedad.
Definimos a la hipocresía como la actitud de no practicar aquello que se predica, la inconsecuencia entre el decir y el hacer, y podemos incluir el triángulo del pensar, decir y hacer, pero esto siempre tiene un entorno externo, es decir, la hipocresía existe porque existe la sociedad.
Imaginemos que no existiera la sociedad, que el individuo vive solo, aislado de cualquier otro ser humano, en ese contexto ¿existiría la hipocresía?
Mentirse a uno mismo es una ramificación de todas las mentiras sociales que tenemos incorporadas como modales o costumbre, y no a la inversa, es decir, no se nace hipócrita y luego se converge al conjunto, se converge al conjunto y allí se adquiere la hipocresía, originalmente como una manera de coexistir pacíficamente, para no provocar discusiones, polémicas o altercados cuando alguien o un grupo de gente, no coincide, no concuerda y no adhiere a las ideas o planes de otros.
La hipocresía empieza siendo una especie de mentira "piadosa", un dicho o un gesto que busca no alterar ni molestar ni incomodar o poner en apuros a alguien, es dejar pasar algo que sabemos que no está bien o no es real para no entrar en el dilema de la confrontación.
Pero existe otro aspecto en el que la hipocresía deja su huella y es en torno a la incapacidad presunta que tenemos de no aceptar la verdad que nos duele, nos molesta o nos enfrenta a un error, y en cuanto mostramos rechazo por esa verdad es que el conjunto reacciona tratando de no provocar ese rechazo.
Quedar bien, o sea, decir lo política o socialmente correcto casi siempre esconde o disfraza una verdad no revelada. Tenemos un temor muy profundo a ser rechazados, juzgados, segregados o apartados de un grupo de pertenencia, por lo que tratamos de no correr el riesgo y en vez de decir honestamente lo que pensamos, sentimos o queremos decir, simplemente decimos lo que quieren escuchar o lisa y llanamente no decimos nada.
El silencio es la hipocresía por omisión, pero ese silencio social luego necesita ser canalizado, o naturalizado o desahogado en un entorno más íntimo, de mayor confianza o menor riesgo. Pero aún en los círculos más íntimos, familiares, conyugales, y parentales existe siempre un factor hipócrita que suponemos no nos provocará el indeseado enfrentamiento.
Hay un punto en que se naturaliza dentro de uno la hipocresía de tal manera que ni siquiera podemos percibirla como tal y por lo tanto negamos con absoluta firmeza no cometer actos de hipocresía.
Tal vez, la hipocresía sea el elemento que más se distingue en cuanto a su uso dependiendo del ámbito social en que uno se encuentra y es el factor que más hace notar la diferencia entre el pensamiento individual y el decir social.
Las personas nos guardamos para nosotros y solamente para nosotros mismos un cúmulo importante de expresiones, ideas, pensamientos y manifestaciones que jamás revelaríamos a otra persona, sea quien fuere. No sólo no decimos lo que pensamos sino que además pocas veces pensamos lo que decimos, lo decimos porque hay una fórmula social implantada sobre lo que se debe decir, sobre cómo se debe responder o reaccionar ante determinadas cosas y salirse de ello y demostrar pensamiento propio (y contrario) al conjunto relativo temporal en el que uno se encuentra requiere de una convicción apoyada en el desarrollo de la personalidad que permita ahuyentar los fantasmas de la desaprobación ajena, de la sensación de rechazo y del juicio calificativo de los demás.
No podría existir la sociedad sin la hipocresía, forma parte indivisible del conjunto de elementos que hacen posible la convivencia, pero no toda la hipocresía tiene la misma característica, hasta podríamos decir que no hay un solo tipo de hipocresía aunque la estructura originaria sea la misma.
Se me ocurrió como ejemplo comparar a la hipocresía con los verbos. Los verbos al conjugarse tienen una raíz y una desinencia, pues bien, toda hipocresía tiene la misma raíz, es un verbo regular, pero tienen distintas desinencias según el caso que haya que conjugar. No es descabellada la comparación con los verbos debido a que la hipocresía puede ser evaluada en cuanto a gestos o actos de hipocresía ya que resulta imposible evaluar el pensar sin el decir o el manifestar de alguna forma ese pensamiento.
Del mismo modo que la mentira, la hipocresía puede ser considerada como un engaño aunque su objeto no tenga la intencionalidad de perjudicar a otro, pero es evidente que el origen y las consecuencias no son las mismas. No resulta comparable la hipocresía que se usa para no abochornar a alguien que la que usa para obtener un beneficio de alguien, y es que una mutación notable de la hipocresía resulta en la obsecuencia. La obsecuencia es una hipocresía dolosa, premeditada e interesada, casi lo contrario a otra mutación de la hipocresía como lo es el cinismo.
Una particularidad de la hipocresía social es que es selectiva y aleatoria. Se le puede decir a un amigo entrañable que ese corte de cabello le sienta perfecto cuando en realidad nos parece horrible o se puede decírsele a un perfecto desconocido que su idea es fantástica cuando nos parece absurda y ridícula.
La hipocresía social tiene mucho del miedo al ridículo, a la exposición de nuestro verdadero pensar y es cierto que en muchas oportunidades es mejor no revelar nuestros pensamientos en favor de una estrategia que nos permita obtener ventajas, pero de lo que se trata es de que el ejercicio constante de la hipocresía social nos va volviendo hipócritas individuales.
La hipocresía, en virtud de su esencia es no más que una excusa que aparenta ser para otro pero que en realidad es para uno mismo, para satisfacer o morigerar el peso de la conciencia. Las excusas son otra de las desinencias de la raíz de la hipocresía.
Cuesta mucho analizar qué elemento aparece primero en esta secuencia, si la mentira, la obsecuencia, la excusa, la hipocresía, el miedo al rechazo, la inmadurez emocional, a veces da la impresión de que todo es un conjunto inseparable que va adquiriendo distintas formas y distintos destinatarios según las circunstancias y que cada parte forma ese todo que nos permite vivir en sociedad y tal vez allí se halle la respuesta, el origen de la hipocresía es el miedo al rechazo, pero el miedo al rechazo es un síntoma de inseguridad que su vez es una consecuencia de la falta de convicción que no es otra cosa que vivir creyendo en vez de vivir aprendiendo, y si nos apoyamos en esto, al final el origen termina siendo nuestra propia incapacidad natural para reprimir de forma absoluta todos los impulsos individuales, que siempre tienen alguna manifestación aún cuando pretendemos disfrazarlo con un tono gracioso o políticamente correcto. Sin embargo, si uno sigue escarbando va viendo que al final el origen de todo radica en el miedo, algo de lo que hablaremos en otro momento.
            Contradictorio y hasta anacrónico parece el escenario en donde estas cuestiones se declaran y declaman, puesto que por la misma normativa social, tenemos tendencia a pedir, exigir, y hasta a veces rogar que nos hablen con la verdad y de manera sincera, honesta y sin hipocresías, sin embargo, basta con decir siempre la verdad para notar de inmediato las reacciones, a veces virulentas de nuestros interlocutores.
Podemos considerar a esta contradicción como uno de los síntomas más notables de la hipocresía social devenida en individual, es decir, en esa transmutación o traslado de lo social al individuo, y es que en verdad pretendemos que nos hablen con la verdad pero no somos capaces nosotros de hablar siempre con la verdad, por lo que es imposible que entre todos nos digamos siempre la verdad y no caigamos en alguna variedad o síntoma hipócrita.
Se ha naturalizado una frase que se refiere al odio a la mentira, pues, en realidad y analizado en profundidad tal odio no existe hacia la mentira sino hacia la verdad que no se quiere ver, aceptar o concebir, quien no hace uso ni ejercicio de la mentira como forma sistemática de abordar socialmente las relaciones humanas, no tiene espacio para el odio, ni siquiera para odiar a la mentira, simplemente le es indiferente, es algo que no tiene lugar, espacio ni cabida en su universo intelectual y emocional.
Pero decir que se odia la mentira forma parte de una hipocresía no reversible, es decir, nos molesta que nos mientan pero no nos molesta tanto tener que mentir... Tener que mentir infiere una carga, una obligación, tenemos que mentir, no queremos ni deseamos ni sentimos ganas de hacerlo, pero debemos hacerlo, esa es la idea primigenia que alimenta a la hipocresía y a todas sus variantes y síntomas.
Esa carga emocional es el fruto de uno de los innumerables parámetros que adquirimos en nuestro proceso de socialización. Nos sentimos obligados a no decir siempre toda la verdad por temor a lesionar la sensibilidad del otro, lo que en si mismo vuelve a formular otra contradicción, en estos tiempos en que parece que nadie está dispuesto a ser considerado y respetuoso de la sensibilidad ajena nos cargamos de la pesadumbre de tener la sensación de estar obligados a mentir, en tiempos en que los compromisos son esquivados sistemáticamente sentirnos comprometidos a decir lo que queda bien en lugar de lo que realmente pensamos no deja de ser contradictorio y paradógico.
            Si uno recurre a la bibliografía disponible que versa sobre este tema hallará distintas corrientes o vertientes de pensamiento que en cierto modo también se contradicen entre si, pero en lo que coinciden todas las vertientes es que la hipocresía es un síntoma social y que no tiene relación a los recursos que naturalmente usamos para satisfacer necesidades naturales, como parte de la cultura, la hipocresía es adquirida sin ninguna duda, y es manejada y gobernada de tantas maneras distintas como personas existan, lo que le otorga una naturaleza individual y allí es donde podemos confundirnos y pensar que se trata de un gesto naturalmente individual.
            Hay que observar también que el ejercicio de ciertos niveles de hipocresía van forjando un criterio, una postura y un carácter hipócrita de modo tal que aún sin necesidad de utilizarla se utiliza por el simple hábito adquirido.
Algunos especialistas enfocan el problema desde la imposibilidad de abstracción del individuo, esto es, no poder dejar de ser subjetivos respecto a la propia imagen y no poder ser capaces de vernos a nosotros mismos como nos ven los demás, allí tal vez comience la tendencia a mostrar una realidad distinta o paralela, una realidad que quisiéramos que fuera y que no es, pero eso se asemeja mucho más a la mentira como estructura emocional que a la hipocresía como elemento social.
El hábito de manejarnos con hipocresía produce gestos o conductas derivadas de este hábito que trascienden la necesidad de aprobación ajena, e incursiona directamente con la necesidad de aprobarse a uno mismo, convencerse a uno mismo de que esa escenografía falsa corresponde a una escena real. Esto nos lleva a responder muchas veces a lo que no tenemos respuesta, a opinar sobre lo que no sabemos a juzgar lo que no conocemos, y es que la parte que no conocemos la inventamos a partir de imaginar el escenario sobre la base de la  misma hipocresía que practicamos y suponemos que practican los demás. Tenemos tendencia a responder aún cuando no sabemos la respuesta, poder decir "no se" implica cierta exposición y vulnerabilidad, uno quisiera saberlo todo y tener todas las respuesta aunque a veces ni siquiera sabemos cuales son las preguntas.
Durante muchos años le he hecho realizar a mucha gente un ejercicio muy sencillo que demuestra esta tendencia. Con los ojos vendados he escrito sobre una hoja de papel una suma muy básica: 2+2. Y he pedido que escriban una respuesta a la suma, obviamente sin que la persona pueda ver cuales son los números escritos. El 98% de las personas ha escrito alguna respuesta, lo que se le haya ocurrido, pero algo han respondido, apenas un 2% ha tenido el coraje y el sentido común de decir que no pueden responder por el simple hecho de no ver lo que tiene que resolver.
Tal vez muchos piensen que esto no tiene nada que ver con la hipocresía, pero está íntimamente relacionado, por cuanto la carga social de tener que dar una respuesta forma parte del peso social que genera la hipocresía.
Existen otras pruebas muy gráficas que demuestran esta tendencia social generalizada, basta con decir algo totalmente absurdo dentro de un ámbito determinado para observar como la mayoría asiente y da por hecho el absurdo que han escuchado, aunque haya algunos gestos corporales que revelan lo contrario, se suele hacer silencio o al menos no reprobar directamente lo dicho sin antes buscar al menos la complicidad de algún otro miembro del grupo.
Para concluir esta parte que nos ocupa podemos decir y afirmar sin temor a equivocarnos que la hipocresía es un valor negativo o con carga negativa en su multivocidad, pero que resulta imposible de eludir en los ámbitos sociales y se aceptan ciertos niveles de hipocresía bajo el pretexto de que corresponde a un mal menor comparado con la confrontación que produciría el rechazar o cuestionar, o simplemente el decir de la verdad que sobre lo que pensamos o sentimos.

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