El Mate de Don Eleuterio

El mate de Don Eleuterio. Cuento de Miguel Angel Turco.

            Desde la mañana temprano, al alba, hasta la tarde en que llegó a su rancho, el mate había sido mudo testigo del pasar de las horas mientras reposaba inerte sobre la humilde mesada de madera junto al fuentón y a la estufa que a leña que sostenía sobre sus hombros cansados a la pava llena de cicatrices de años de servicio, entre abollada y chamuscada pero siempre noble y dispuesta.
Eleuterio hizo lo de siempre, lo de cada tarde, sacudió un poco su ropa delante de la puerta de entrada, dejó el polvo en suspenso, abrió el candado y se introdujo en su rancho, miserable pero digno, como una paradoja redactada entre lo altivo y lo sumiso, el orgullo y la modestia, el orden caótico de los pertrechos en una rutina simple pero alineada en una compleja trama de barullo.
Rescató los pedazos de madera que no se habían consumido y con destreza encendió el fuego, agregó leña nueva y abrió el botellón con el agua fresca, llenó la pava y coronó la estufa que ya emanaba algunas lenguas del rojo fuego, las llamas del alma, le decía Don Eleuterio.
Sentado en el catre campero, dispuesto a despojarse de la vestidura del cansancio de la jornada, miraba con recelo y escuchaba atento el silbido manso que delataba el estado termal del agua. Como si fuese un santuario, entre paquetes, bolsas y migajas, removió la yerba vieja y cargó la nueva después de enjuagar todo en el fuentón.  Con sus manos curtidas, tomó el asa de la pava, sin necesidad de usar nada para no quemarse, y fue abriéndole paso a la yerba con el chorro de agua humeante. Fue probando de a poco, como si no supiera ya como sabe y como huele el mate que él mismo prepara hace añares, y fue saboreando despacio, casi como un catador experto, el sabor inconfundible del mate amargo que pedía permiso para meterse en su vientre.
Sentado ya en la silla petisa, hecha de troncos y de mimbre, con la pava en una mano y el mate en la otra, los ojos le brillaron, el respiro se le hizo profundo, estaba ante él tal vez todo su mundo, el rancho, la silla, la pava, el mate, el sabor carraspero de la bombilla.
Los respiros entre mate y mate eran como suspiros, como llamados silenciosos que se llenan de vacío, y en la mente, como siempre, revolotean recuerdos e ideas sin sentido.
Tal vez un tanto distraído, Eleuterio esperaba que la pereza lo abordara mansamente y le diera un descanso y un alivio, hasta que el mate ya esté tibio y uno disponga, si repite la ronda o abandona, buscando entonces algún bocado para recuperar el semblante que siempre hace desplante cuando uno trabajando se agota.
Esa tarde era igual a tantas otras, hasta que vaya a saber por qué milagro, se dio cuenta al ver el calendario que ese día era un día distinto, era un día de aniversario. Hizo cuentas con la mente y calculó prontamente que hacía ya veinte años que la china había partido, sin aviso, impertinente, como despreciando la vida y rechazando ser valiente. La muerte la había atrapado por enfermedad que no amaga, sin decir nada y con malicia, se la había llevado al otro lado, lejos del rancho y de la brisa, esa brisa de la tarde que arremolinaba el humo vicioso de la chimenea anunciando a su llegada el cálido sentir de que alguien lo esperaba con ese mate y esa pava, para regocijarlo como pago del sacrificio de la jornada.
Esa tarde Eleuterio, luego de vaciar la pava, se fue caminando despacio hacia el bajo detrás de la cerca, arrancó a jirones unos brotes silvestres, de flores blancas que del yuyo se levantan como si fuera un misterio, y se fue hasta el rincón del terreno donde la cruz indicaba que allí descansaba la que era dueña de todo aquello, y de bronca, como en un degüello, arrojó las flores sin decir palabra, y se fue en retirada mascando el dolor con una furia macabra.
Volvió a reavivar el fuego, y puso más agua en la pava, recargó con yerba el mate, y se llenó la boca y la panza con el agua verde y la impotencia intacta.
Apoyado en la puerta, puso una mano en las maderas ásperas, mientras sorbía el último mate del día, invocando a sus ancestros, y al espíritu divino, pensó calmar con vino esa tristeza tan brava, pero se dijo a si mismo, Eleuterio, no seas pavo, el vino no te devuelve a la china, no ganas nada, en cambio mi mate me ayuda, me guía me acompaña, porque en ese mate estuvieron sus manos, en ese mate estaba una parte de ella, presente y bien plantada, y con su cómplice mirada ofreciendo el mate a su hombre, aunque estuviera muy ocupada. Y entonces Eleuterio se dio cuenta que el mate era más que un compañero, era el alma viva de su china que venía a él con la alegría de saberse juntos antes que nada.
Fue entonces cuando Eleuterio se dio cuenta de que cada día, en cada tarde, podía hacerle un homenaje a aquella mujer valiente, y sin enojo, sin mostrar los dientes, en cada cebada de mate un espíritu de su amante revoloteaba en el rancho, y era como para adorarla, y esa presencia tan latente, le hizo sentir a Eleuterio que no importa lo que pase, las personas mueren cuando uno deja de recordarlas.
Y fue así que por todos los años y años, cada día el mate fue un homenaje sincero a aquella mujer que con esmero se había ocupado de ser decente, con orgullo, y complaciente, Eleuterio se rendía en cada mateada al sabor dulce de la presencia aquella sin que lo interrumpiera nada.
Sólo la muerte, cuando llegó a buscarlo, hizo que abandonara su simple pero profunda alegoría, vaya a saber si la alegría, ahora en otro lado, los ha vuelto a unir para seguir la huella de uno y el otro al lado, pero el mate de Eleuterio, fue rescatado por unos parientes que bien concientes de la historia narrada, pusieron el mate en una mesada a modo de hacer un templo, y en el mismo centro, junto a dos fotos de los nombrados, el mate sigue siendo el ropaje que abriga los devenires y los sueños.

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