Ensayo 4 - La participación.
Serie de
ensayos. Primera serie. Lo individual y lo social.
Ensayo IV.
La participación y sus efectos.
Hace
muchos años se me ocurrió responder a una pregunta que me hicieron de una
manera que ni yo mismo logré captar del todo en ese momento pero que evidentemente
no estaba muy alejada de la realidad. La pregunta era: ¿Cuál es la
participación más efectiva de un individuo en la sociedad? En ese momento no
pensé, de manera conciente, que ser efectivo no significa siempre que el efecto
sea positivo, pero respondí que la participación más efectiva de un individuo
en la sociedad es la indiferencia.
No terminé de responder cuando ya varias voces
se alzaron haciéndome notar que estaba cayendo en una contradicción y allí fue
donde tomé conciencia sobre aquello que lo efectivo no tiene que ver
necesariamente con un efecto positivo, un efecto es una consecuencia directa
sea buena o mala según se quiera ver o desde donde se lo mire, entonces,
mientras me lo explicaba a mi mismo lo fui explicando. La indiferencia produce
numerosos e incalculables efectos en una sociedad, la indiferencia permite que
pequeños grupos se hagan del poder o refuercen su poder e impongan tendencia o
pautas inflexibles y autoritarias, la indiferencia es el caldo de cultivo para
que algunos personajes se instalen en determinados lugares de decisión y puedan
gozar de impunidad, la indiferencia permite el crecimiento de la injusticia, la
pobreza, la inseguridad, merma la calidad educativa, afecta a la cultura, hace
disgregar los valores, la indiferencia de una persona, de alguien que no
reacciona ni exige ni se moviliza para convertirse en una fuerza común con
otros individuos produce la mayor cantidad de efectos sociales que cualquier
otra cosa que alguien pueda hacer.
La indiferencia es actuar por omisión, es mirar
a otro lado, desentenderse del problema y no entender el concepto de que el
bien individual es inviable sino es en el contexto del bien común, la
indiferencia es una participación que históricamente ha dejado y permitido que
cursos de la historia tomen rumbos opuestos a los intereses comunes o
mayoritarios de una sociedad.
Cuesta entenderlo. Si la mayoría de las
personas en una sociedad piensan y dicen y declaman por ciertas acciones cómo
es posible que no puedan llevar a cabo ellos mismos las acciones que pretenden
que realicen otros.
Está claro que en la sociedad hay personas con
distintos niveles de responsabilidad, desde la responsabilidad cívica básica
del ciudadano común hasta las más altas autoridades de gobiernos todos tenemos
un rango y un nivel de responsabilidad social, pero está en los que conducen y
gobiernan la mayor carga de esa responsabilidad por cuanto son los que toman
las decisiones que afectan luego a toda la sociedad en su conjunto. De modo que
el individuo indiferente, cuando es parte de un grupo generalizado de
indiferentes anula por completo cualquier participación activa de cualquier
grupo que pretenda movilizarse para generar una acción o un cambio o la
generación de una situación favorable o resuelva una situación de conflicto
social.
En esta era de la comunicaciones y de la
información instantánea, en tiempo real, hay una mayor participación activa en
el ámbito de los medios y redes de comunicación, sin embargo esa movilización
no se corresponde con una movilización contundente y continua, firme y
perseverante que provoque reacciones en los sectores de poder.
La indiferencia nace en la tendencia clásica
del cuidado de cada pequeño mundo individual, tiene raíces ancestrales, cuando
era necesario que cada uno defienda lo suyo por la inexistencia de un sistema y
una organización social en la que funcione un sistema de justicia y de normas
legales y un escenario para dirimir civilizadamente las controversias. En las
sociedades más organizadas y avanzadas del mundo la indiferencia tiene poca
cabida, ya que existe un mandato esencial de la sociedad que le otorga a los
mandatarios para que hagan lo que la sociedad reclama, y cuando esto ya forma
parte de la cultura, podemos confundirnos y pensar que son sociedades con individuos
sumamente individualistas e indiferentes que viven con frialdad y sin interés
los acontecimientos sociales. Es todo lo contrario, en sociedades poco
organizadas y con sistemas de justicia ineficientes y corrompidos es donde más
indiferencia hay, aunque parezca que haya mucha gente reclamando en realidad
son los menos, y justamente resaltan y sobresalen por ser los menos, por ser
excepciones y no la regla.
La indiferencia cultural no necesariamente es
aquella en donde las personas no se manifiestan de modo alguno, por el
contrario, pueden manifestarse y exponer sus reclamos pero nunca tienen en
claro el mandato que quieren elevar de manera generalizada sino más bien
sectorial y concentrada.
Esto se aprecia muy claro cuando vemos o nos
enteramos de que hay manifestaciones, cortes de calles y rutas de diversos
grupos en distintos lugares, y todos parecen reclamar lo mismo sin embargo no
logran aunar el reclamo en una sola manifestación masiva y generalizada.
Es obvio que no todos concuerdan o pretenden lo
mismo o de hacerlo, no coinciden con las distintas metodologías del reclamo,
pero esto sucede porque el reclamo no se basa en conceptos fundamentales y
cruciales que afectan a todos de la misma manera debido a la desigualdad social
que no es fruto de otra cosa que de años y años de indiferencia social.
Podemos usar el ejemplo del árbol, que uno
observa y puede ver su tronco, sus ramas, sus hojas, incluso sus flores y
frutos, y si escarba un poco incluso hasta la raíz puede ser visible, pero lo
que nunca hemos de poder ver es la semilla que le dio origen porque esa semilla
ya no es más semilla, se convirtió en el árbol que vemos, del cual hacemos
observaciones, análisis y pretendemos modificar. La indiferencia ya dejó de ser
la semilla y se convirtió en un enorme árbol y vemos todas esas ramas, y esas
hojas y tratamos de entender por qué están allí y por qué nos afecta, buscamos
culpables, responsables, exigimos respuestas pero no podemos ver ya la semilla
que le dio origen. Esa semilla se sembró hace décadas, muchas décadas, y
germinó, y aunque el árbol tenga ramas que se parecen a la solidaridad a la
conciencia social y al verdadero accionar en función del conjunto son eso,
ramas, brotes de un tronco que se alimenta a través de una raíz que bajo tierra
sigue creciendo y sustentando al árbol.
Este aforismo o metáfora puede sonar cursi,
lírico si se quiere pero me resulta gráfico y explícito el hecho de que a esta
altura, nuestra desorganización social y la disgregación de los mandatos
sociales hace que sea imposible arrancar este árbol y sembrar una nueva semilla
de una especie más benéfica.
Es verdad que la solidaridad debe tener un
límite, y que nos formamos con un concepto en cual la máxima es que la caridad
bien entendida empieza por casa, pero esto dista mucho de la actitud
indiferente que produce los efectos más nocivos para una sociedad. Nadie
pretende que las personas abandonen sus intereses personales, sus carreras, sus
anhelos y deseos, que deje de cuidar y proteger sus bienes y sus afectos, no se
trata de extremos que van del egoísmo a ultranza con el despojo absoluto de lo
propio, se trata de un amplio universo que se ubica en el medio de estos dos
canales y cuando hablamos de transitar la ancha avenida del medio, tenemos un
problema cultural (y social) importante. Somos una sociedad que a lo largo de
su historia ha resultado extremista, que ha ondulado entre la máxima y la
mínima casi sin escalas y entonces hemos creado antagonismo difíciles de
superar, y entonces los de este lado son indiferentes a lo que le pasa a los
del otro lado y viceversa, y la indiferencia a veces tiene manifestaciones que
parecen activas porque empezamos a sentir que los del otro lado nos odian y nos
otorgan la habilitación para odiarlos a ellos.
Incluso personas sensibles, que aman la vida y
son honestas, decentes y correctas, pueden de pronto ubicarse en tal extremo
que llegan a manifestar odio, rencor, resentimiento y hasta deseos de
exterminar al otro, al que piensa distinto al que se opone.
Es también dable entender que hay contextos
sociales que incentivan estas conductas, hay movimientos sociales que se han
internado en una especie de ilusión populista en la que se forja una cultura de
amparo y protección por parte del padre protector y omnipresente Estado, que
todo lo puede, que todo lo debe proteger, que todo nos debe y que todo podemos
pedirle y esto es posible gracias a una indiferencia social previa, en la que
por alguna situación de comodidad o presunto bienestar se ha instalado en la
mente y en las ideas de mucha gente.
Podemos decir entonces que la desorganización y
disgregación social está relacionada íntimamente con una cultura de la
indiferencia que al igual que en casos que hemos visto con anterioridad, se
traslada de lo social a lo individual y luego retro alimenta lo social y lo
potencia. Para decirlo más claro, viviendo sumergido en una indiferencia social
uno se vuelve indiferente en lo individual, como persona empieza a no tener
interés en la empatía y en la solidaridad, en la relación de conjunto y en la unificación
del mandato a elevar a los mandatarios.
Esto provoca un hecho curioso y muy
interesante, la reversión de la pirámide social. Se entiende que una pirámide
se apoya en la base y la cúspide se encuentra en lo alto, de lo contrario,
poniendo la cúspide en el suelo es casi imposible que se mantenga en
equilibrio. Del mismo modo hemos invertido el concepto de mandante y
mandatario. Mandante es la base, que eleva un mandato a un mandatario que está
en la cúspide para cumplir con ese mandato, pues al parecer ocurre lo
contrario, la base hace malabares sobre la cúspide para mantenerse en
equilibrio mientras la cúspide en lo bajo, pretende sostener a todo el resto.
De este modo el mandatario es mandante, ordena
a la base lo que debe hacer, y el mandante en vez de mandar obedece como si
fuera el mandatario.
En un sistema de gobierno democrático esto
resulta en lo que tantas veces hemos vivido, ciclos que terminan en una
profunda crisis social, política y económica.
Parte de aquella semilla de la indiferencia tiene
que ver con la imposición de un pensamiento que es la base de la ideología del
"pobre". En este esquema, la mentalidad del pobre se refiere a que su
línea de pensamiento está orientada a que para que la sociedad cambie y su
propia calidad de vida cambie, lo que debe cambiar primero es el gobierno y sus
políticas, luego, piensa que su familia, su entorno más cercano es el que debe
mantenerlo y sostenerlo, ayudarlo y darle oportunidades, y por último, piensa
que su única posibilidad de cambiar o mejorar su calidad de vida es a través
del azar o del delito.
Para las clases dirigentes no hay nada mejor
que tener una masa societaria con la mentalidad de "pobre".
Existe aún un remanente social llamado de clase
media que tiene un esquema un tanto distinto pero que igualmente lo lleva a una
postura de indiferencia respecto a lo social. La mentalidad del "clase
media" recorre la línea de suponer que el éxito consiste en estudiar y
prepararse, conseguir un trabajo seguro, y ahorrar para no padecer necesidades
en el futuro.
Luego existe una porción mucho más pequeña de
personas que tienen la mentalidad del "rico", en la que convergen
factores que lo hacen alcanzar sus logros económicos y financieros y una vez
ubicados en esa escala alta de la sociedad, ya no pueden interesarse demasiado
por lo que ocurre en las clases más bajas. De modo que en cada estrato social
hay una formación cultural que nos lleva a practicar la indiferencia.
Dicho ya, una vez instalada esta postura, a
quienes más les conviene, es a los que en teoría deberían trabajar para cambiar
el esquema y revertirlo, una verdadera paradoja, un anacronismo en si
mismo.

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