Apología del error
La apología es un discurso, alocución,
disertación, prédica o alegato que se hace de palabra o por escrito en alguna
defensa, adulación, aclamación o alabanza de alguna cosa, de alguien o de algo.
Incluso, en la lengua inglesa apology significa
disculpa, es decir se disculpa o se defiende algo, haciendo de ello una prédica
y una declamación o a través de acciones u omisiones que infieran que alguien
está defendiendo o disculpando o justificando algo.
Cuando hablamos de los errores, hablamos de
algo que es íntimo a la naturaleza humana, el humano, como ser falible, comete
errores, aprende de ellos, los corrige, y administra el error de la manera que
puede de acuerdo a su capacidad para asumirlo, entenderlo y ejercer una actitud
superadora.
Mucha gente no admite ni presume de que haya
cometido cierto error, reconocer un error es un gesto que requiere de cierta
contemplación y madurez emocional para entender también las consecuencias que
puede producir el error.
Sin embargo, no todo lo que definimos como
error es un error. Podemos decir que es un error creer que todo lo que decimos
que es error sea error, así de elemental y así de complicado.
El famoso error humano no es más que la
definición de una obviedad, salvo los humanos cuesta mucho pensar en algún otro
elemento vivo o inerte de la naturaleza que cometa errores.
Algunos sostienen con cierto criterio, que los
animales también aprenden de la secuencia de error y ensayo, los animales en su
estado natural toman decisiones y pueden errar en ellas, pero no son errores
provocados por el devenir de la conducta relacionada al pensamiento, sino a los
instintos naturales sobre todo de supervivencia y reproducción de su especie.
Los humanos tenemos ambas vertientes, lo
natural, innato, y lo adquirido y la capacidad de discernir y razonar sobre
nuestros actos más allá de los instintos naturales.
Los errores pueden ser considerados desaciertos
en la toma de decisiones, en la adquisición de posturas y conductas que
provocan que un hecho o una circunstancia no de el resultado esperado o el
beneficio que se espera obtener.
En virtud de que los humanos cometemos errores
nos aprovechamos de esta situación y podemos justificar muchas conductas y
pensamientos a partir de considerarlo un simple error, algo de lo que nadie
está exento.
Sin embargo hay algunas actitudes, y conductas,
que no son errores, sino decisiones tomadas en virtud de infinidad de
parámetros y circunstancias que nos llevan a tener esa conducta y que no
podemos considerar errores por cuanto quienes tienen esa conducta saben y son
conscientes de que están llevando a cabo algo que no está bien ni resulta
positivo ni beneficioso, ni para la misma persona ni para terceros
involucrados.
Se puede hacer un eterno debate filosófico
sobre esto y cuestionar si todos los
errores en realidad son errores u otra cosa, pero lo cierto es que cuando
pretendemos justificar todo con el atenuante del error, es decir cuando usamos
el concepto de error como atenuante de algo, empezamos a perder de vista la
posibilidad de establecer con objetividad el límite entre el bien y el mal, lo
bueno y lo malo y los principios que establecen las escalas de valores
sociales.
Si una persona comete el error de apreciación
sobre una situación determinada, se puede decir que ha cometido un error, pero
si por ejemplo, esa persona, conciente y absolutamente en sus cabales decide
robar, matar, violar, delinquir de alguna forma y lo hace convencido que esa es
la opción que tiene como única alternativa de su conducta, entonces ya podemos
dudar de que se trate de un simple error.
El error suele ser algo que sucede de forma
espontánea, aunque también hay errores que surgen luego de una planificación,
la mayor parte de las veces los errores son a consecuencia del desconocimiento,
la inhabilidad o la ansiedad, mientras que otras conductas son el fruto de la
elaboración sistemática de una idea a la cual no abordamos desde el riesgo en
sí mismo, sino de la presunción de que vamos a lograr el objetivo buscado.
Alguien carente de sensibilidad que hiere y
agrede a otro, sabiendo que lo está haciendo, no se está equivocando desde el
punto de vista de la comisión de un error. Se está equivocando en no tener otro
respaldo, argumental o físico, para evitar esa conducta hacia el otro.
Si un funcionario público estafa o le roba al
Estado, no está cometiendo un simple error, se está equivocando en el planteo
de la idea primaria sobre el valor que tiene la honestidad y la decencia, el
deber y la responsabilidad que le cabe como persona con acceso a patrimonios
estatales.
Luego podemos justificar estos hechos diciendo,
es humano, puede equivocarse, cometió un error, y es plausible de ser
disculpado.
Y hay mucha gente que vive haciendo una
apología del error para justificar acciones dolosas, que nada tienen que ver
con un error sino más bien con una postura pensada, planificada y dirigida al
logro de un objetivo sin tener en cuenta las consecuencias que puede producir.
Podemos dar miles de ejemplos, todos van a converger
en un punto.
Si el conductor de un transporte público ha
bebido demás y aún así toma la decisión de conducir y por ello produce un
accidente, es difícil aceptar que se ha tratado de un simple error.
Si tomamos este ejemplo con una variante y nos
encontramos en una situación en que este conductor, absolutamente sobrio, en
regla y sin ningún problema o alteración de sus capacidades, de pronto se halla
frente a una situación de peligro y debe tomar una decisión, como por ejemplo,
reducir la velocidad, cambiarse de carril, detenerse o hacer un giro, y toma la
decisión incorrecta, entonces cuesta menos atribuir el caso a un error. Uno
puede justificar el error debido a que tuvo apenas unos segundos para decidir
en un contexto traumático, peligroso, de riesgo, y bien pudo errar en su
decisión sin que por ello sea más o menos hábil en su tarea.
Pero el ejemplo marca una clara diferencia
entre el error y la actitud irresponsable y negligente. De hecho, las
negligencias no son consideradas errores, sino una falta de responsabilidad y
de actitud frente a un hecho, a pesar de lo cual muchos insisten en ubicar a la
negligencia en el marco de los errores.
Nos ha pasado o hemos sabido de muchos casos en
los que el error no es una cuestión de equivocarse en la decisión, sino de
haber dejado de tener en cuenta la responsabilidad que le cabe a la persona en
lo que está haciendo.
En el terreno de la medicina se diferencian las
malas praxis en dos rubros, las involuntarias e impredecibles y las negligentes
e irresponsables, porque no se puede medir de la misma forma ni justificar a
partir de un error la irresponsabilidad de no haber tomado los recaudos
necesarios para resguardar de la mejor forma posible la salud de un paciente.
En todo ámbito y en toda actividad humana, existe
la posibilidad de que ocurran ambas cosas, que sucedan cosas que induzcan a un
error, y cosas que suceden porque no se ha previsto la posibilidad del error.
Tener presente la posibilidad de un error y sus
consecuencias, es lo que mantiene alerta a la persona y tener los cuidados
necesarios para no llegar al punto del error, cuando no se tiene esta actitud y
se cae en la trampa del descuido, el error pasa a tener un carácter mucho más
plausible de ser condenado y castigado.
Quiero volver al caso del funcionario público.
Si éste tomara alguna medida, y errara en su concepción, en su cálculo de
consecuencias y en los efectos que produce, se lo puede incluso penalizar por
incapaz, o por el simple hecho de cometer un error que en teoría no debió
cometer, puede o corregirlo, o incluso perder su puesto y su cargo, pero puede
justificarse a partir de haber cometido un error, cosa que no podría hacer en
el caso anterior, cuando decimos que deliberadamente ha producido o permitido o
facilitado producir hechos dolosos y
delictivos.
Comentarios
Publicar un comentario