Carta abierta al silencio

Estimado señor silencio:

                                         Me tomo el atrevimiento de enviarle esta misiva con el objeto de hacerle saber que me encuentro absolutamente confundido. Mi confusión se origina en que no puedo terminar de discernir si su presencia es algo positivo y provechoso o por el contrario es una muestra de desidia, cobardía y sometimiento.

Usted entenderá que puedo comprender que estas cuestiones opuestas se deben seguramente a la ocasión u oportunidad en que usted se hace presente, sin embargo, he notado con asombro que en infinidad de veces se hace presente cuando debería alejarse lo más posible y se ausenta cuando es imprescindible su presencia.

Me han dicho por ahí, y no me consta, que depende de cada uno, de cada individuo el hecho de que usted se sienta entregado y deseoso de plantarse cuan firme columna que sostiene el criterio o se sienta absolutamente reticente e indiferente.

Mi confusión tiene otras fuentes. Por ejemplo he percibido que aún ante su presencia se percibe como un grito casi desgarrador y que moviliza mucho más que el ruidoso reclamo de miles de voces. Otras tantas veces me he percatado de que estando usted ausente no hay nada que valga o sea mejor que su ausencia.

Yo mismo he errado tantas veces que se me hace imposible incluso buscar un ejemplo que resuma esa falencia, pero le aseguro que lo he llamado y he clamado por usted cuando hubiese debido ahuyentarlo y lo he hecho marchar cuando hubiera debido pedir por usted y que sea mi aliado y compañero.

Si pudiera usted darme alguna pauta para tener la oportunidad de orientarme y descifrar aunque sea en parte mi confusión estaría eternamente agradecido.

A esta altura incluso, no se si debería dirigirme a usted o hacer que usted gobierne mis actos y abstenerme de pronunciar palabra, pero le ruego tenga en cuenta que esto no es otra cosa que un síntoma más de la confusión inicial a la que hago referencia.

Para finalizar le ruego tenga a bien considerar la posibilidad de que usted misma sea el que interfiera y decida cuando es el momento más oportuno para venir y quedarse y cual el de no aparecer y ser indiferente. Eso ayudaría mucho, aunque se que pido demasiado, en virtud de ya haberme atrevido a tanto no creo que sea motivo para una reacción negativa de su parte.

Mientras tanto, seguiré buscando resolver este intrincado dilema sin molestarlo y le garantizo que de no obtener una respuesta de su parte no volveré a molestarlo con estas cuestiones tan personales.

Me despido de usted con absoluto respeto y con anticipadas disculpas por las dudas...


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