La sexualidad social - Ensayo 2
Serie de
ensayos. Primera serie. Lo individual y lo social.
Ensayo
II. La sexualidad social
Ya
obtuvimos una visión bastante gráfica sobre la definición del individuo y de la
sociedad. Hemos afirmado que a la luz de la práctica cotidiana de la vida, resulta
imposible separar al individuo de su entorno social y de qué manera se
originaron las normas sociales o de convivencia.
En este terreno de la convivencia, o
coexistencia entre personas que forman un conjunto social hay un aspecto que a
través de la historia ha sido uno de los más (sino el que más) normados,
regulados y que ha generado casi todos los conflictos existenciales que
conocemos, se trata nada más y nada menos que de la sexualidad.
Al igual que en todo concepto que se introduce
en un estudio o discusión es necesario tener en claro el concepto al que se
hace referencia, y en este sentido, son pocas las personas que conocen y
entienden el verdadero significado de la sexualidad humana.
Al referirnos a la sexualidad nos inclinamos
naturalmente a suponer que se trata del mero acto sexual entre dos personas, es
decir el encuentro físico e íntimo entre las personas, sin detenernos a pensar
que la sexualidad abarca aspectos mucho más profundos e importantes que ese
contacto físico.
En nuestra sociedad se ha relacionado de manera
inapropiada el concepto de sexo con el de afecto o amor, de hecho, cuando se
habla de dos personas en una relación sexual se habla de hacer el amor, algo
que, aunque suene absurdo es aberrante, entendiendo como aberrante algo que
está totalmente desvirtuado de la realidad. Esta confusión sin dudas, surge del
hecho de que entre personas que se aman existe siempre el vínculo sexuado, pero
es fácil entender que no siempre que hay vínculo sexual existe un sentimiento
de amor o de afecto.
Los especialistas hablan de varias dimensiones
de la sexualidad y no están muy lejos de lo que nos ocurre respecto del tema,
sin embargo yo voy a hacer una división mucho más sencilla de estas
dimensiones, simplemente porque todas las demás se corresponden a una de estas
dos dimensiones principales: la dimensión física y la dimensión no física.
Hay que entender que nacemos con sexo, somos
seres sexuados y nacemos con genitales y pulsiones sexuales que están
relacionadas directamente con el rol reproductivo de la especie. Sin embargo,
el ser humano ha logrado separar el placer sexual de la reproducción y allí
nacen una serie de conflictos, muchos de los cuales seguimos sin resolver.
La naturaleza nos brinda esta dimensión de
placer y sentido de recompensa al tener relaciones sexuales para que tengamos
siempre la propensión a reproducirnos, sin embargo, socialmente no siempre
tenemos el deseo de tener descendencia pero siempre tenemos el deseo de
experimentar el placer sexual.
desde tiempos muy remotos, la regulación de la
sexualidad en los grupos sociales ha sido fruto de diversas necesidades y de
retorcidos caprichos de algunos grupos de poder.
La represión sobre los deseos sexuales provoca
en las personas una actitud mucho más sumisa y menos rebelde a los esquemas de
poder, de modo que regular e imponer pautas sobre la sexualidad ha sido también
una forma de gobernar las voluntades de las masas sociales.
Otras tantas son consecuencia directa de
necesidades propias del tiempo y del lugar que ocuparon algunas sociedades en
las que se hacía indispensable tener un control de la natalidad y la explosión
demográfica y muchas, se originaron en las retorcidas mentes de monarcas y
poderosos señores que impusieron pautas de conducta sexual adecuadas a sus
propias ideas.
De todas estas causas surgen efectos que aún
hoy seguimos observando en las conductas y actitudes sexuales.
El hecho de que para acceder al ejercicio
sexual sea necesario el uso del cuerpo, nos ha impedido ver lo que ocurre con
la sexualidad dentro de nuestra mente, cuando no hay contacto físico.
La dimensión no física de la sexualidad abarca
la inmensa mayoría del componente sexual, allí radican todas las ideas,
sensaciones, pulsiones y modificadores sociales de la conducta, en definitiva
es la dimensión que luego nos provee de la actitud sexual física.
tampoco la genitalidad es el único componente
del sexo físico, aunque sean los genitales el instrumento para satisfacer la
necesidad o el deseo sexual. Y hay una diferencia crucial entre la necesidad y
el deseo que tampoco observamos y se nos pasa por alto y provoca no pocos
conflictos.
El problema con la dimensión no física es que
la vivenciamos, la experimentamos pero no la podemos identificar como tal, la
desconocemos y desconocemos su concepto y sus alcances y connotaciones, y
entonces decidimos calificar a ese cúmulo de sensaciones y emociones poco
descriptibles como amor, afecto o sentimientos de apego hacia otra persona.
Esto se apoya en esa diferencia entre la necesidad y el deseo, ya que por lo general
se acude a la necesidad y dicho está, la necesidad siempre es temporal y
provisoria, cuando termina esa necesidad solemos afirmar que se terminó el
amor, pero en realidad nunca huno verdadero amor, sino la necesidad de
satisfacer mandatos y pulsiones personales que hemos visto reflejadas en el
otro, es decir no nos enamoramos del otro, sino de lo que el otro representa
para nosotros.
Sigue hasta nuestros días ese concepto caduco y
obsoleto de que acceder al sexo sin otros elementos previos y posteriores es
una experiencia inerte, vacía y sin sentido ni contenido, de modo que ante el
deseo sexual y la necesidad de ejercerlo se opta por concebir que se accede a
ello a través del afecto o del amor.
Es importante aclarar y establecer que no
existe posibilidad alguna de desarrollar la capacidad afectiva sin un
desarrollo saludable de la sexualidad. De hecho, siempre que se halla uno
frente a alguien con serios problemas de adaptación social se halla también con
que esa persona no ha podido desarrollar una sexualidad sana.
Como mamíferos de sangre caliente que somos
naturalmente, tenemos aún sin poder gobernar del todo, impulsos sexuales que se
relacionan a actitudes violentas, agresivas y poco conciliadoras. Esto nos ha
quedado como resabio de una necesidad ancestral de pelear por la hembra e
imponer nuestra superioridad para engendrar los mejores especimenes posibles.
Nadie piensa en ello hoy en día a la hora de mantener una relación sexual, sin
embargo inconscientemente surgen algunas conductas que son el reflejo de ese
impulso antropológico.
Alguna vez se me ocurrió definir al sexo y al
amor como ambos rieles de las vías de un ferrocarril, son paralelas y ambas
necesarias, si falta una el tren no podrá circular, si pierden paralelismo y se
van cruzando, el tren descarrilará irremediablemente.
Y es que el afecto y el amor es lo que podemos
hacer antes o después de la relación sexual, pero no mientras, porque cuando en
la actividad sexual intervienen otros factores, aún los factores positivos como
el amor, con el tiempo esa relación sexuada termina cayendo y el deseo
disminuyendo e incluso desapareciendo.
Es que suponemos que en la cama, podemos
arreglar las cuestiones que no tienen nada que ver con el sexo y fuera de la
cama podemos arreglar las cuestiones meramente sexuales, es como si pusiéramos
el inodoro en la cocina, la cama en el baño y el comedor en el dormitorio, sin
percibirlo estamos confundiendo el afecto y el apego real, la afinidad
emocional y los intereses comunes, con el ejercicio de la sexualidad plena.
No es raro encontrar personas que se niegan a
realizar ciertos ejercicios sexuales con sus parejas porque consideran que son
o inmorales o inapropiados, y finalmente lo hacen con otras personas suponiendo
que eso no implica un juego desleal y poco adulto. Muchos hombres, sobre todo,
no conciben ciertas prácticas sexuales con sus esposas pero satisfacen esos
deseos con otras mujeres porque consideran que con la madre de sus hijos la
conducta sexual debe ser prácticamente un acto formal y obligatorio y no un
acto de placer y satisfacción.
De hecho ha habido sociedades en las que a la
mujer se le prohibe expresar su placer, incluso se efectúan prácticas de
ablación del clítoris y otras aberraciones por el estilo y aunque nosotros no
hacemos eso, tenemos algunas conductas que derivan de esas manifestaciones.
De hecho nuestro propio lenguaje adquiere en
ciertas palabras una carga negativa si se usan en femenino, un aventurero es un
hombre de aventuras, pero una aventurera es otra cosa. Un hombre público es el
que se interesa por las cosas del común, una mujer pública es una prostituta.
El hombre ha impuesto a través de la historia,
que debe ser él quien tenga la iniciativa, quien domine y quien establezca los
términos de la relación, aunque en verdad, la mujer ha sido siempre la que ha
tenido en su poder la capacidad de decidir por el si o por el no, incluso si es
obligada al si, si no está en su voluntad, puede ser accedida carnalmente pero
jamás se obtendrá de ella gesto alguno de verdadero afecto e interés.
Paradogicamente el atribuirle a la mujer el
mero rol de parición y crianza de los hijos, es lo que le ha dado a la mujer
ese poder que no siempre sabe utilizar en su favor, y es que sin la mujer no
existe posibilidad alguna ni de satisfacer el deseo egocéntrico del macho, ni
reproducirnos y crecer como sociedad. Hablaremos en otros momento del machismo
y el neomachismo, pero ahora nos ocupa entender las notables diferencias entre
las creencias y las costumbres y la realidad sexual del ser humano.
Se suele afirmar que en la vida no todo es
sexo, y en realidad no es que todo sea sexo, pero el sexo es el eje por el que
gira la vida del ser humano y no por una cuestión de elección o adquisición
cultural, sino por el liso y llano hecho de que naturalmente necesitamos del
ejercicio sexual para que nuestro organismo funcione en plenitud.
No se trata de una mera cuestión de placer, el
sexo produce en el organismo la elaboración de sustancias indispensables para
el desarrollo mental y muscular, además de la consecuencia sicológica de la
sensación de recompensa y la activación de las endorfinas.
Todo esto nunca se tuvo en cuenta a la hora de
elaborar las escalas de valores que incluyen a la actividad sexual y en el
mejor de los casos se han permitido algunas extensiones en la práctica siempre
que estén dentro de pautas establecidas coartando la posibilidad de elaborar
por cuenta propia las ideas y los alcances, los límites y las decisiones que
configuran nuestra actitud sexual.
Lo social está introducido siempre en la
actividad sexual individual, directa o indirectamente, hemos visto como clases
altas o acomodadas de ciertas sociedades tienen una especie de "permiso
social" para ejercer deseos que las clases más bajas tienen vedadas o son
mal vistas.
Hemos de abordar luego también el tema de los
contratos sociales en los que se producen relaciones sexuadas, es decir,
matrimonio y obligación y derecho conyugal, que es algo así como la cúspide de
la pirámide de la normativa social respecto de la aprobación sexual.
Tampoco escapa a lo social el hecho de que la
virginidad, sobre todo la femenina sea un tema conflictivo a pesar de que en
nuestros días no parece provocar un problema serio, sigue siendo un tema
central en la etapa de desarrollo de los jóvenes y es que socialmente hablando,
la prerrogativa de la virginidad surge de los dogmas religiosos que imperaban
sobre las normativas sociales en general, no fue sino otro gesto de
atribuciones machistas para garantizarle al hombre la inexistencia de otro
hombre que haya poseído sexualmente a su mujer, un concepto sin duda retorcido
y absurdo, ya que en realidad lo importante no es ser el primer hombre de una
mujer, sino el último. Por eso es que también se inventó aquello de que
"hasta que la muerte nos separe" para garantizar el otro extremo del
ego machista, es decir, yo seré el primero y el último hombre de esa mujer.
Nadie puede negar que este concepto aún da
vueltas en la cabeza de muchos hombres e incluso de muchas mujeres que,
habiendo sido formadas, informadas y amoldadas a esas pautas también las
aceptan de forma "natural".
No es que el hecho de la primera relación
sexual no sea importante, es que se le dio siempre mucha más importancia de la
que realmente tiene. En todo experiencia humana siempre hay una primera vez, en
la que no podemos alcanzar la plenitud ni la perfección debido a nuestra
inexperiencia, sin embargo una saludable formación previa allana el camino y
evita muchos conflictos posteriores, esto significa que en el sexo, el
aprendizaje también es un factor determinante y es absolutamente falsa la idea
de que el solo ejercicio o la práctica nos dota y nos preparara para la
plenitud sexual.
La idea de un amor (y de un sexo) para toda la
vida con una sola persona es otro motivo de conflicto y controversia, por
cuanto deviene del mismo origen dogmático que imposibilita alcanzar
convicciones una vez hemos alcanzado la concepción de la idea. Esto es, una
persona puede estimar que goza en plenitud de su sexualidad de acuerdo a lo que
esa persona concibe que es la plenitud, pero está fuertemente limitada en el
ejercicio de la sexualidad debido a esa concepción dogmática.
Por otro lado, socialmente, no se ve con buenos
ojos que la mujer experimente su sexualidad con frecuencia y distintos
compañeros sexuales, este modelo impide que la mujer acceda a la necesaria
experiencia para poder ejercer luego con plenitud su sexualidad con la persona
que ella misma elija. Muchas, suponen que esa experiencia puede ser adquirida
con un solo hombre, de modo que está también limitada a la capacidad de ese
hombre para el abordaje sexual, lo que finalmente termina en una cuestión que
tiene que ver más con la costumbre que con el verdadero deseo y placer sexual.
Pero no se trata de una mera carrera sexual con
distintos compañeros o compañeras sexuales, no alcanza con la cantidad y la
frecuencia sexual para aprender de que se trata la sexualidad plena. Una
persona puede tener cientos de relaciones sexuales, pero si siempre las tiene
bajo las mismas pautas y parámetros, dentro de los mismos límites que se ha
impuesto, se tratará de una mera repetición de las falencias y no de una
experiencia superadora y un aprendizaje eficaz.
Solemos tener tendencia a los extremos,
pensamos en la abstinencia o en la promiscuidad sin entender que entre ambos
extremos existe un universo de cosas que se pueden aprender y ejercer en bien
del desarrollo interno y el crecimiento personal, y en esto nuevamente aparece
el componente social, cuando por decepciones o presuntos fracasos o
frustraciones mal resueltas, se toma la decisión de abstenerse o de liberarse
por completo de todo límite.
Aquí interviene otro elemento crucial que si
bien parte de lo individual, no puede ser separado de los social, los celos.
Celos que muchas veces radican en la sensación de traición y otras tantas en la
percepción de inseguridad sobre uno mismo. La desconfianza es el arma letal del
vínculo trascendente, sin confianza en uno mismo y en el otro, el vínculo es
una mera formalidad que acude a satisfacer alguna necesidad puntual o un deseo
reprimido, por que en ningún caso puede ser saludable y positivo. No se lo
puede separar de lo social porque además de la sensación íntima de haber sido
traicionado existe la sensación de que el conjunto nos verá como perfectos
idiotas, capaces de dejarnos engañar. Este componente suele ser mucho más
intenso que el propio despecho y producir conductas mucho más violentas y
agresivas que la íntima sensación de la traición.
Y es que si pensamos en traición, estamos
hablando de que alguien no ha cumplido un pacto social, es decir un acuerdo de
exclusividad monogámica que como hemos dicho ya, se trata de algo que
biológicamente es contra natura. No solamente no aceptamos el NO, o la
"infidelidad" sino que nos sentimos mancillados en nuestro status
social, y otra vez, si hablamos de fidelidad estamos ante un concepto dogmático
religioso que no tiene nada que ver con el valor humano de la lealtad.
A pesar de todos los avances que hemos logrado
en este terreno, hay algunas cuestiones que seguimos sin resolver y aunque no
lo parezca hemos agudizado algunos conflictos del pasado debido a una
configuración social que se ha dotado de una agresividad y violencia que antes
no existía en tal medida.
En esto interviene algo de la presunta igualdad
entre los géneros, un aspecto poco entendido o mal entendido de tal igualdad, y
es que en cierto tiempo, la mujer, si bien no tenía los mismos derechos o
atribuciones que el hombre, su negativa era aceptada en mayor o menor grado con
cierto donaire, a la mujer no se le pega, ni se la insulta, no es de caballeros
tratar así a una dama, pero en cuanto se percibe que ya no hay damas ni
caballeros y que todos somos iguales, se empieza a presumir que el trato debe
ser también igualitario en este sentido, de modo que a la mujer si le puedo
pegar, si la puedo maltratar y si le puedo faltar el respeto porque ahora es
igual que yo, no hay diferencia. Sin duda, otra aberración de un concepto que
debería ser positivo y lo convertimos
en negativo.
Muchas de las mentiras y engaños de los que nos
quejamos todo el tiempo, se producen gracias a la pretensión de dar
cumplimiento a normativas sociales. Si una mujer establece como principio que
su único interés es una pareja estable y se abstiene de cualquier actividad
sexual por fuera de esta pauta, es natural que un hombre que desee tener una
relación sexual con esa mujer, le haga creer que tiene el mismo objetivo. La
mujer comete el error de darle el dato crucial para que el hombre pueda dibujar
sus intenciones falsas escondiendo las verdaderas, pensemos por un instante que
distinto sería si la mujer tuviese un concepto sano y realista de la
sexualidad, no quedaría mucho espacio para la mentira y el engaño, por cuanto
tanto el hombre como la mujer disfrutarían del ejercicio sexual sin contextualizarlo
en las connotaciones previas y posteriores de ese acto. No habría necesidad de
engaño ni de disfrazar las intenciones, cada quien iría por lo que le interesa
y no habría conflicto.
Para finalizar esta parte, es bueno repensar el
concepto y la importancia que tiene la sexualidad en el contexto social desde
el punto de vista de los modelos estéticos.
Cada sociedad forma su propio modelo de
"perfección" estética y ese modelo se convierte en un paradigma que
hay que alcanzar para tener el éxito deseado, al menos eso es lo que intentan
las personas que no pueden terminar de definir su propia identidad como
individuo social. La imagen de ese modelo de belleza y lo que representa se usa
para atraer y para provocar necesidades pero también para generar el sentido de
pertenencia a un grupo determinado de personas, que se explica en la misma
dinámica de grupo cuando se refiere a los subgrupos sociales. La idea es que
cuanto más uno se acerca a ese modelo mayor oportunidad de acceder al sexo se
tiene. Allí funciona inconscientemente un impulso natural, el de buscar siempre
al mejor espécimen para tener la mejor descendencia, aunque eso no sea parte
del pensamiento consciente es una mutación de aquel impulso, algo relativo a la
selección natural que como especie animal tenemos de manera innata.
Pero hay otros elementos que no tienen que ver
con la estética corporal en si misma sino con una estética social, es decir
modelos que atraen por sus atributos socialmente ponderados y resaltados, como
el status social y económico, la manera de vestirse, los modales y el uso de la
inteligencia espacial (es la inteligencia que nos permite ubicarnos en el
tiempo y en el espacio y anticiparnos brevemente a los acontecimientos)
De modo que el individuo, lejos de hacer un uso
individual de su sexualidad, le imprime a ello un marco estrictamente social,
obviamente porque al hablar de una relación estamos hablando al menos de dos
personas, y es allí donde vuelve a mezclarse el concepto de la mutualidad o
reciprocidad en los vínculos.
La mutualidad, es decir que los sentimientos o
intereses de dos o más personas sean mutuos, no se apoya en el principio de dar
para recibir, mucho menos para recibir lo mismo que uno da, eso no funcionó
nunca y no ha de funcionar jamás por la simple razón de que nadie puede estar
siempre, sin excepción alguna, en condiciones de darle a otro lo que el otro
quiere, desea o necesita, de modo que no encontraremos ni a quien pueda dar ni
a quien pueda recibir todo el tiempo lo mismo que supone que está entregando.
El verdadero concepto de mutualidad, y sobre
todo en lo sexual, tiene que ver con entender que el individuo debe vivenciar
su propia sexualidad y poder ser objeto del deseo del otro al tiempo que el
otro es el objeto de deseo de uno. Objeto no se refiere a cosa, sino a elemento
depositario de un sentimiento.
El hecho es que el orgasmo de cada uno es de
uno, y es uno el que debe proveerse de placer a través del otro y el otro
proveerse su propio placer a través de uno. Cuando esto se puede entender y practicar,
los vínculos suelen prosperar y trascender en el tiempo porque no existen
necesidades a satisfacer, sino deseos a cumplir y cuando ambas partes comparten
el mismo deseo entonces ese vínculo puede trascender a otras situaciones
relacionales...

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